Una ventana abierta
- ajicolgado

- 22 nov 2020
- 9 min de lectura
. Entre tantas cosas increíbles, extrañas y mágicas de la ciudad de quito, la basílica es de las que más me ha llamado la atención, tal vez por su estilo gótico, tal vez porque eh pasado la vida creyendo que en algún tiempo, no solo era una iglesia, si no el hogar de un ser mágico que trasciende el tiempo o esa increíble comunión de energía que la rodea, sea cual sea la razón o si son todas las que mencione, no me explico el por qué esta iglesia no tiene un relato , una historia que vaya más allá de una consagración política, es una edificación que hace que la imaginación vuele, entonces porque no hacer algo con esto, porque no cambiar su realidad, hacerla tan mágica como yo la veo, tiene tantos lugares y elementos con los que se puede jugar e inventar, gárgolas medievales y ecuatorianas contemporáneas, cementerio una vista increíble y por muy similar que parezca está en una montaña, es por estas razones y muchas más que se propone la creación de diferentes piezas artísticas que cambian la manera en la que la gente ve a esta iglesia, darles un pequeño incentivo a que la piensen de otra manera más allá de ir a tomar fotos o recibir misa, que al caminar por ella digan aquí pueden pasar muchas cosas y las imaginen.
La vinculación de la basílica en este proyecto viene por parte de experiencias sueños y fantasías personales, desde la primera que la vi pensé que no era muy normal que un castillo se encuentre en centro de Quito y mucho menos que sea usado para dar misa, si no mas bien con otros fines, tal vez como aposento de un ser mágico no de este mundo, inmortal, misterioso, oscuro y cada uno de los cuartos del castillo tengan una trampa o ilusión diferente y solo quien sea muy hábil podría recorrerlo hasta llegar a la ultima torre y tener a este ser cara a cara, la finalidad de este proyecto es dar a conocer una realidad diferente y mágica de la basilical basada en esta historia resumida que acabo de mencionar representar los seres, lugares, y sueños al rededor de de la basílica integrando el realismo mágico, debido a que este estilo de pintura es muy adecuado para hacerlo si contar su historia debate y muchas cuestiones que a mi manera de ver hacen al realismo mágico latinoamericano el equivalente al surrealismo europeo.

Cuando la cabeza vuelve a su lugar
Siempre había imaginado mi vida terminar de viejo, sentado en la cama, esperando a la muerte con rostro de mujer, una muerte que me lleva a cambio de una moneda de oro para poder pasar al otro lado. Sin embargo, no estoy viejo y peor aún en mi cama. La única imagen que tengo intacta del mundo que conocía es la virgen alada sobre el Panecillo, de las pocas figuras que venció a un demonio y la tiene bajo sus pies. Mi hermano y yo en las noches antes de dormir leíamos cuentos de hadas, o mejor dicho cuentos que les contaban a los niños para que tengan miedo del mundo donde vivían, donde brujas antropófagas se devoran sus cuerpos llenos de dulces o señoras que cambian a sus hijos por un pedazo de pan. Siempre que leíamos algún cuento con mi hermano teníamos ansias de llegar al final y al mismo tiempo no queríamos avanzar porque el terror se apoderaba del cuarto y las sombras de los juguetes cobraban vida. Muchas noches terminábamos bajo las cobijas con los ojos bien abiertos y temblando, pensando en que alguien iba a entrar por la ventana y llevarse a uno de los dos. Pero ahora no está mi hermano y esto no es un cuento, y yo estoy lleno del mismo terror que sentía bajo las cobijas, pero ahora bajo un cielo rojo oscuro y risas de locura en el interior de la Basílica.
En la mañana del mismo día, amanecí con la garganta seca, dolor de amígdalas y sin poder tragar mi propia saliva. Tomé un poco de agua haciendo un gran esfuerzo, salí al balcón en camiseta y bóxer y saludé a un vecino que siempre dormía bajo la casa de en frente. Tenía una gran vista de mi iglesia favorita, no sólo por su forma de cruz y sus torres cerca del cielo. Sino por las historias que de niño me habían contado. Cada mañana me levantaba a echarle una mirada a ver si algún diablo, de esos que ayudan a construir iglesias y llevarse almas, aparecía sentado con la mirada fija en mí e invitándome a acompañarlo. Pero siempre me topaba con una basílica llena de tiendas, algunos gringos en pantaloncillos, botines y cámaras, pagando la entrada para subir en la torre del reloj y lanzar miles de fotos hacia el panecillo. Mi hermano, cuando vivía conmigo me decía que algún día veré un fin del mundo no pronosticado. ¿Por qué? Era la misma pregunta durante años. Mi hermano me decía que todas las iglesias de Quito les falta una piedra, y que nadie las ha encontrado y puesto en su lugar. Por qué, volvía a preguntar. Respondía, diablos pequeños esperan que alguien termine de construir las iglesias para salir a devorar lo que encuentren en su camino. Cuando éramos niños, mi hermano y yo repetimos las mismas historias, y creábamos otras donde los dos buscábamos las partes faltantes de la basílica y las colocábamos en su lugar. Veíamos cómo tortugas, iguanas, pingüinos se levantaban y les salían alas, dispuestos a destruirlo todo y proteger su hogar. Criaturas híbridas, que bautizábamos con poca creatividad.
Esa mañana, después de clase, decidí entrar a buscar alguna piedra sospechosa, algún agujero. Mi profesor de teoría del arte hablaba de algunas pinturas del barroco que colgaban de las paredes de las iglesias o los vidríales vigilantes de los intrusos y devotos de un dios colgado en una cruz. Siempre pensé que sí el mundo terminaría sería de la forma en que la pintaban los expresionistas. Con rostros desfigurados y exagerados, con su cuerpo consumido por el dolor y el sufrimiento. Regresé a mi casa a dejar mis cosas y vi desde mi balcón como la luna había crecido y las nubes nocturnas perforaban el cuerpo del asteroide. Las torres de la basílica se alumbraron en esa noche, a la distancia noté que una de las figuras no tenía cabeza, no me había percatado o ¿alguien la mutiló en mi ausencia?
Me detuve en frente de la puerta de reja de la iglesia, esta se levantaba sobre el cielo o eso me pareció. La puerta estaba sin la seguridad, la abrí rápido y cerré para que nadie me sacara. La figura gigante me hizo recordar a un juego y eso me hizo temblar y pensar en que algo iría mal. Me santigüé y mis pies entraron. Las paredes estaban cálidas, me sentí protegido. Una mano de piedra se posó sobre mí hombro y una voz, que me hizo saltar, dijo, - esta es tu casa, estarás a salvo, siempre te he visto pasar, debes impedir que se coloque la última pieza en la figura de la torre derecha -. Juan Pablo II quedó nuevamente de piedra, parecía sueño, pero esa figura ya no estaba en la entrada, ahora estaba frente a mí. Lo poco que sé de él me hizo dudar de su palabra, sin embargo, decidí seguir subiendo.
¿Es posible volver en el tiempo? Regresar y pensar en no entrar a la iglesia. Volví a un punto donde yo no existía, porque cuando ingresé el ascensor no estaba, en su lugar vi una pared de piedras. Cuando era niño ya existía un ascensor ¿qué tiempo es este? La subida será más larga, las gradas son angostas pero la luna me permite ver con claridad el camino estrecho de la torre. Las ventanas redondas donde puedo ver la ciudad me muestran una calle de candiles, y algunos ladridos de perros a la noche clara. Logré llegar al primer descanso, tenía dos imágenes, la una a mis espaldas con vidrios de colores y un órgano que adorna la habitación. Y al frente una imagen que me atrapó, ese balcón hacia los asientos con la vista al crucificado y a la virgen que me mira desde la pared. Me siento pequeño. La misma voz del ex papa se escuchó desde abajo, en el altar, la figura de Juan Pablo II ya no es de piedra, puedo ver a través de él. Debes encontrar la cabeza, y en tu caminar no pierdas la tuya. Me pareció algo amenazante su tono, dejé de observar la ciudad de plegarias y fui a las gradas, prendí la linterna de mi celular porque el cielo ya no era tan claro, y la luna estaba oculta por algunas nubes.
Mi cabeza ya no quería recordar las historias de niño. Ya no tenía miedo de estar ahí, me sentía en casa. Llegué a otro descanso, para cruzar un puente colgante, que dirige a la parte inferior de la cruz de la iglesia. Era hermoso, todo ese templo era para mí. Corrí por todo el espacio y grité. Volví a pararme en frente del puente, y caminé como en la cuerda floja, me convertí en un acróbata. Llegué al final, sin miedo seguí subiendo. El viento parecía mover la estructura por donde pisaba. Cuando logré llegar al final tenía a Quito, diminuto y en silencio, bañado por un cielo oscuro. Mi sonrisa desapareció al fijar mi mirada en una roca con forma de cabeza que estaba al frente, por el techo que separa las dos torres de la iglesia y para mi suerte las gradas hacia allá parecían flojas. Bajé con cuidado, era mi oportunidad de terminar esta iglesia, y devolver el favor a los diablos de las leyendas quiteñas. Al tocar el techo mis pies temblaban, me agaché y fui como bebé, con miedo y feliz al lograr moverme con mis cuatro extremidades. Conseguí la piedra, la cabeza que faltaba ahora estaba en mis manos. Corrí tan rápido hacia las torres del lado sur, salté de alegría, el mundo estaba en mis manos.
Mi madre me llevaba a cada misa en la iglesia, ahora poco la abren o no se llena. La gente que se casa hace su ceremonia en la Basílica, pero siempre es lo mismo, gente que no pertenece a ese lugar. De niño hacia todo el ritual, solo que antes no me parecía un ritual. Llegábamos y nos sentábamos, el padre hablaba y leía algunos versículos de la biblia, alguien cantaba y él órgano soplaba sus vientos contra las paredes del templo que me cautivaba. Me arrodillaba y mi madre me decía que pida por mi hermano y por mi papá que nunca supe dónde se encontraba. Terminaba recibiendo la ostia de la mano del cura, era de las cosas que me encantaban de ir a misa, el padre decía algo para poder ir al cielo. Yo era feliz, era el tiempo que pasaba con mi madre y escuchaba cómo las paredes guardaban todos los sonidos. Ahora, nuevamente siento esa felicidad, con la roca en mis manos subí hasta donde había visto que le faltaba una cabeza a la figura. Me apoyé en mis muslos y respiré fuerte y agitado. Escupí la saliva que no me permitía tragar bien y caminé despacio hacia la escalera que llevaba al pequeño balcón donde estaba la figura mutilada.
Dudé, las manos me temblaban, el sudor ya no era solo de cansancio. Sentí que tenía al mundo en mis manos, coloqué la cabeza en la figura y la piedra se fijó fuerte. Mis manos quedaron atrapadas por un momento, me asusté al no poder quitar mis manos. Acto seguido, caí sobre mis rodillas y grité de emoción. Sentía la misma emoción que el doctor Frankenstein al terminar su obra. Un sonido fuerte en el cielo hizo que me encogiera más todavía, miré en busca de algo en el cielo que de a poco se tornaba vino. La iglesia empezó a temblar y me senté sin entender lo que podía ocurrir.
En el interior se escuchaban que caían y movían muebles, yo estaba muy alto y no había visto ningún mueble en esos pisos. Las risas que se escuchaban eran extrañas y me llenaron de terror. Traté de caminar a la escalera y poder bajar. Alguien desde abajo me observaba, lo veía muy pequeño para distinguir que realmente era, pero sostenía algo en sus manos. Volví a caer sentado cuando vi que empezó a escalar la iglesia y que cada vez distinguía más su figura. Estaba desnudo, sus pómulos los tenía bastante pronunciados, sonreía y me miraba como a su igual. Se acercó a mí con su cuerpo delgado y yo no podía despegar mi mirada de él. Me entregó la cabeza del ex papa y corrió riéndose del mismo modo que escuché en el interior de la iglesia. Todo estaba perdido, era la idea que susurró mi cabeza. Entré nuevamente a la habitación donde antes había un órgano, en el techo vi al mismo ser que se suspendía de la pared, me miraba y volvió a sonreír, caminaba con las cuatro extremidades como si estuviera en el suelo. De a poco la iglesia empezó a desvanecerse, piedra por piedra caían al primer piso provocando un sonido profundo, hueco. Cada habitación se tornó blanca, y era una señal que cualquier cosa podía suceder y eso traía más mi ansiedad. Caminé sin voltear, bajé las gradas de la torre hasta llegar a la parte inferior. Vi las rejas de la iglesia abiertas y a mis espaldas sentía como cada estructura desaparecía. Jamás escuché más ruidos solo las risas alteradas. Dicen que el fin del mundo es destrucción comparado con una explosión, de colores vivos, naranjas y rojos, negros como imagen de maldad, pero yo lo vi blanco, y vacío. Nunca crucé las rejas de la iglesia, tampoco sé dónde estoy en este momento, pero varias imágenes de santos adornan mis paredes blancas, una virgen que me mira y me juzga, como si yo hubiera hecho algo mal.





















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